Por Joan Miquel Piqué  @jmpique

“Golpear al enemigo cuando está desordenado. Si tu oponente tiene un temperamento colérico, intenta irritarle. Si es arrogante, trata de fomentar su egoísmo”, decía Sun Tzu en su Arte de la Guerra. “ A los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos. La ofensa que se haga al hombre debe ser tal, que le resulte imposible vengarse” argumentaba Nicolás Maquiavelo en El Príncipe… Estas y otras referencias similares han sido dogma, durante décadas, para generaciones enteras de empresarios y directivos, que las han encontrado en curiosos libros, excéntricos seminarios, en todos los packs de best sellers de Estrategia (en mayúscula), y en definitiva en cada rincón a su alrededor de la cultura empresarial dominante. Incluso corren, en el entorno empresarial, frases como que “la estupidez es hacer daño sin obtener ningún beneficio”.

De acuerdo que la sabiduría (?) popular acepte que en el amor y en la guerra valga todo (es decir, que se pueda ser tan salvaje e indigno como se quiera), pero ¿en la empresa también? ¿Estamos autorizados a relajar nuestros principios y nuestra ética dado que cuando aparece el dinero perdemos el control, y no podemos ni debemos evitarlo? Recientemente, el filósofo José Antonio Marina argumentaba, citando al Premio Nobel de Economía Amartya Sen, que deberíamos “incluir dentro de las mediciones del nivel de vida no sólo la renta per cápita, sino lo que se denomina “capacidades”, que serían las oportunidades de las que cada persona dispondría para poder convertir sus derechos en libertades reales”. La educación, vaya. Por tanto, nuestros principios económicos también son solamente una forma de nuestra cultura, que puede ser modificada.

Todo esto viene al hilo de una tendencia demasiado habitual en los ambientes del capital riesgo, donde maltratar emprendedores no está mal visto siempre que se consiga obtener de ellos una rentabilidad lo suficientemente jugosa. Todo vale mientras el valor de la start-up se pueda multiplicar por mucho en pocos meses, y esto permita al business angel vender su participación por varios ceros (si puede ser, a partir de 5 o 6) cuando lleguen nuevos inversores atraídos por el olor de la sangre, para financiar la fase de crecimiento exponencial. Todos hemos oído alguna vez la historia de aquellos amigos del alma que deciden hacerse socios en una nueva empresa, y se convierten en enemigos acérrimos por culpa del negocio. Qué lástima, pero es inevitable…

Y al hilo también de esta realidad, un reciente vídeo (aun no sabemos si calificarlo de cómico o / y trágico) prácticamente nos obligó a escribir este artículo. Publicaba el prestigioso portal Inc. una breve explicación de un especialista (autodenominado “Futurista. Visionario. Líder”) en la cual abogaba por no aceptar dinero de familiares como capital inicial cuando un emprendedor pretenda fundar un nuevo negocio. ¿Por qué? ¿Para no correr el riesgo de perder el dinero de tus padres o tus hermanos? ¿Para evitar cualquier tipo de conflicto que interfiera en la relación personal? ¿Por vergüenza? Pues no: porque cuando la empresa vaya bien y multiplique su valor en poco tiempo, esas personas tendrán un porcentaje demasiado elevado del capital teniendo en cuenta que la compañía vale mucho más. Y eso hay que evitarlo a toda costa, por favor; que solo es tu madre, y eso no le da derecho a ser un miembro con todos los privilegios en el Consejo de Administración. No se lo pierdan, lo dice en serio y está aquí.

Sin caer en una actitud naíf que nos lleve a pensar que el mundo empresarial debe ser más o menos como los Mundos de Yupi, posiblemente deberíamos volver a implantar algo más de realismo y sensatez en un entorno emprendedor que se acerca peligrosamente a un estado de burbuja. ¿Recuerdan cuando casi todos compraban un piso? Hoy casi todos montan una empresa, y creen que pueden conseguir en pocos días millones para nacer, crecer y multiplicarse. Y no todo es culpa de los pérfidos inversores; proliferan también las nuevas empresas que nacen para ser engordadas rápidamente mediante cualquier método para ser vendidas. Vamos a ponernos sexys para el inversor. Vamos a ver si somos el próximo pelotazo.