Por Joan Miquel Piqué @jmpique

Otra vez. No funciona. ¿Qué esperabas, si es gratis? ¿pero cómo puedes ser tan mezquino (o ingenuo, como prefieras) de quejarte porque un servicio gratuito funciona mal? Paga, y podrás exigir; y si no, no molestes, por Dios. El mercantilista error de confundir valor y precio (solo el necio…) se ha generalizado y viciado hasta tal punto que ha girado sobre sí mismo: ya que vales lo que cuestas, nada vales si eres gratis.

Y aún más perverso. Dado que nos hemos tragado que la tecnología es mágica (disruptiva, en terminología de mercado), por fin se han eliminado la mayoría de barreras que motivaban la desigualdad. La teoría del señuelo y la culpabilidad de los que siempre se han sentido al margen desactivan cualquier intento de queja: más herramientas que nunca, a disposición de todos, prácticamente sin coste. ¿Qué más se puede pedir? La meritocracia casi perfecta, en la cual el incapaz de construir su propia suerte lo es por pereza o indolencia. Pero no, sigue existiendo una frontera, un mundo premium al que solo pueden acceder unos pocos.

A los pobres siempre ha sido mucho más fácil darles limosna que darles recursos para que dejen de serlo. Y mucho más efectivo, por cierto, porque garantiza gratitud, lealtad y por tanto dependencia. Por favor, no dejen de leer, esto no es una queja de que el 1% de la población mundial acumule más riqueza que el 99% restante. No, aquí no. Es muy peligroso, además de profundamente injusto e inhumano, pero este no es el lugar.

Un claro ejemplo de este “disfruta de lo que tienes, da gracias, y construye tu futuro con ello” se produce en el ámbito de la educación, sobretodo de la educación superior, la tradicional puerta de entrada a mejores perspectivas profesionales y personales.

Todos sabemos que el conocimiento es el capital del siglo XXI. Vaya, la educación y la instrucción siempre han marcado la diferencia, pero la cuestión es que ahora también pueden marcar la diferencia económica. Imaginen que puede hacer una persona sin acceso permanente a conocimiento en el siglo XXI. Exacto; lo mismo que una persona analfabeta en la segunda mitad del siglo XX. Y por eso, por esa importancia crucial en términos económicos y sociales, las instituciones que tradicionalmente han custodiado y transmitido el conocimiento de mayor calidad (las universidades) deben ser lo suficientemente sensatas, sensibles y responsables como para ponerlo a disposición de todo el mundo de manera abierta y gratuita. Ahora la tecnología lo permite, así que estamos obligados a hacerlo. Inventaremos un bonito nombre (MOOCs), y colgaremos bonitos contenidos (aunque insuficientes para convertirse en un experto y profesionalizar ese conocimiento) para que todo el mundo pueda decir que cualquier persona (que hable inglés) es capaz de hacer un curso en X (sustituya el lector por el nombre de la universidad más prestigiosa que se le ocurra). Ya está, ya hemos inventado la enciclopedia del siglo XXI, y a la vez la vacuna contra la ignorancia.

Mientras tanto, los cursos extensos y presenciales siguen teniendo las mismas tarifas, igual que la versión e-learning de esos mismos cursos y otros parecidos (no vaya a ser que alguien decida dejar de venir porque el curso online es más cómodo, más eficiente y más barato). Es normal, en los cursos largos y profundos podemos comprobar que el estudiante progresa adecuadamente, podemos evaluar sus capacidades, y les damos un certificado conforme son expertos. ¿Y entonces? ¿Los MOOC son la democracia y el futuro de la educación, o solo un youtube para listos? Pues sí, también deberíamos poder exigir calidad e igualdad (e-Quality) cuando los servicios sean gratis, sobretodo cuando los producen las Administraciones públicas a quien pagamos nuestros impuestos.

foto: https://pixabay.com/es/globos-aire-festival-feria-ciudad-732290/