Por Joan Miquel Piqué @jmpique

A veces parece como lo de las meigas, un caso en el que echamos mano del único argumento “científico” del que disponemos. Haberlas, haylas. Y fin de la historia. Si quieres, bien; y si no, allá cada cual.

Nos pasa un poco lo mismo con lo que los anglosajones (tan dados a inventar y re-utilizar palabras sorprendentes) llaman “serendipity”, y que nosotros, tan dados a quitarle significado a todo, hemos traducido sencillamente por “casualidad” (de verdad: ¿alguien explicaría el concepto utilizando la palabra “serendipia”?). Como saben, el término en inglés se refiere a un país fabuloso (Serendip) de las mil y una noches, y a una fábula persa llamada “Los 3 príncipes de Serendip” (el antiguo nombre de la actual Sri Lanka), en la cual los protagonistas tenían el extraño don de descubrir accidentalmente soluciones a sus problemas. El término parece que lo acuñó el escritor Horace Walpole en el siglo XVIII.

 

A pesar de que todos conocemos, o incluso hemos experimentado, sucesos de este tipo (fundamentalmente, encontrar cuando ya no andas buscando, después de mucho buscar), extrapolarlo como teoría de comportamiento en el mundo empresarial puede parecer sospechosamente cercano a la autoayuda esotérica, o a una cierta pereza de la planificación y el esfuerzo (vivimos dominados por las fuerzas de la carambola, para qué vamos a intentar perseguir cualquier objetivo; dejemos que el éxito suceda, que llegue naturalmente, sin esfuerzo). Nah, en el managament no se hace caso de esas cosas.

Pero buscando, buscando, empezamos a encontrar literatura empresarial “seria” sobre como utilizar la serendipia. Primero fue en la prestigiosa Fast Company, reseñando y entrevistando al autor (Franz Johansson) de un famoso libro (The Click Moment) que diserta sobre la serendipia en los negocios. Y después, se nos encendieron todas las alarmas al descubrir también referencias en medios tan poco dados a abandonar las convenciones como The Economist y (créannos) Harvard Business Review. En el caso de The Economist, dedicaba en 2010 una de sus más prestigiosas columnas (Schumpeter) a un artículo titulado “En busca de la serendipia. El éxito en los negocios depende cada vez más de encuentros casuales”, con frases como que “en lugar de tener pocas y sólidas fuentes de información, actualmente las empresas deben moverse en múltiples y cambiantes flujos de información informal”. Lo que nos lleva a la gestión de lo que llaman el “Embudo de la Serendipia”.

En Harvard Business Review, incluso se teoriza la serendipia (en un artículo de 2011) como método para fomentar la creatividad y la innovación (“Pon a la serendipia a trabajar para ti”). Utilizando palabras del filósofo y economista John Stuart Mill, “la comunicación entre personas muy distintas ha sido siempre la fuente principal de progreso”. Un año después, HBR insistía ante la publicación del libro de Johansson que ya hemos mencionado, con un artículo titulado “Cuando el éxito nace de la serendipia”.

Y naturalmente, entre tanta teorización (nos hemos tenido de dejar por el camino algunas referencias interesantes por falta de espacio…), han surgido también planteamientos técnicos para controlar, conducir y provocar el efecto serendipia. Angela Maiers planteaba, hace unos meses, una excelente y breve checklist de serendipia práctica (táctica, como decía ella). Romper rutinas y forzar cierto azar. Salir y abrirse al mundo sin motivo ni objetivo aparente. Conectarse con otras personas, sobretodo si no pertenecen a nuestro entorno. Invitar. Colaborar. Ofrecer. En definitiva, algo así como forzar la suerte, o ponérselo fácil.

¿Alguien diría que Arquímedes, Pasteur, Colón, Einstein, Newton, o Edison tuvieron suerte? Quizá sí, pobres tontos afortunados…