Por Joan Miquel Piqué @jmpique

01.06.2016

Arun Sundararajan dijo en The Guardian hace unos meses que el nuevo modelo de trabajo trae mucha más libertad, y también una nueva oportunidad para los ricos de explotar a los pobres. La llamada “Gig Economy” ya está aquí. Hasta hace poco, los únicos que buscaban “bolos” eran los músicos, mientras el resto de nosotros buscábamos trabajos “normales” con un salario fijo cada mes, vacaciones pagadas y promesas de estabilidad para toda la vida. Pero hoy, ya hay muchas personas que optan por romper las ataduras del “trabajo fijo”, tener libertad de decidir su futuro y abrazar esa “Economía de bolos”. Mucho cuidado con ponerse alegremente del lado de Uber y sus conductores por horas o minutos; mucha prudencia con ponerse del lado de los millones de artesanos que ponen a la venta sus creaciones en Etsy; vigilemos con las chapuzas a domicilio de TaskRabbit; máxima cautela con Elance, el enorme supermercado mundial online de autónomos, freelances, y encargos por horas.

Periodistas y consultores “contratados” como autónomos, emprendedores en serie por decisión propia, y cultura generalizada de proyecto que empieza y acaba. Todo esto es la Gig Economy. Quienes realizan los servicios lo ponen todo, y quienes ganan dinero son los que cobran el porcentaje, en una economía colaborativa cada vez más basada en la confianza. Tráete tu ordenador y tu teléfono, y mándame el resultado, parece que aquello de “No hables con desconocidos” es un consejo que está a punto de caducar. 

Pero libertad y fragilidad van de la mano. La Gig Economy crea trabajadores completamente libres, aunque también les obliga a tener más recursos (y más capacidad de conseguirlos). La meritocracia es perfecta en teoría, siempre que garanticemos que todos empezamos la carrera desde el mismo sitio, con el mismo entrenamiento y las mismas zapatillas. No sólo con las mismas oportunidades, sino también con las mismas herramientas. El riesgo de polarización del mercado de trabajo se convierte en muy real, y muy grande. La economía colaborativa, paradójicamente, se construye a partir de un aumento feroz de la competitividad entre los proveedores (choferes de uber, huéspedes de airbnb, escritores de Medium, …).

Si alguien aspira a llegar a un mercado de trabajo con un 100% de personas-producto, que se vaya preparando para dar un paso atrás en derechos, y un paso adelante en conflictos y desigualdades. Que se vaya despidiendo de la fidelidad (ni que sea vinculada a un compromiso de pago regular), y que vaya dando la bienvenida a una disminución importante de la productividad. Parece que se nos ha ido un poco de las manos esto de luchar contra los monopolios y los intermediarios, pero para esto no hace falta mucha tecnología:

¿cuanto hace que encajas como puedes los muebles en el maletero del coche y dedicas tiempo, sudor y humor a montarlos tu mismo?

La cuestión es que la tendencia parece inevitable. Solo nos queda ir metiendo en ese cuerpo todas las capacidades y fuerza que podamos, porque les aseguramos que vamos a necesitar hasta la última gota de nuestro ingenio.