Por Joan Miquel Piqué @jmpique

26.10.2016

Hace unos meses, un furibundo columnista de la revista Forbes apenas podía contener su neoliberal indignación por lo que consideraba una nueva “locura” de la Unión Europea, una propuesta “ridícula”. Bajo su punto de vista de economista, aunque quizá de economista del siglo XX, todo lo que implique mejorar la productividad nos hace a todos más prósperos y más ricos. Cualquier tipo de mecanización que implique mejorar la efectividad de un trabajador humano, supone una mejora absoluta para toda la ciudadanía, de cualquier país y condición social. Por eso a aquel furioso columnista le parece tan absurdo que la Unión Europea haya puesto sobre la mesa el debate (o la propuesta) sobre si los robots deberían cotizar a la Seguridad Social.

Exacto. Como lo oyen. Si, al principio suena raro.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, en una fábrica de fregaderos de Guandong, al sur de China, se están produciendo cambios muy significativos. Mientras la media salarial en esta zona de la provincia cantonesa se encuentra alrededor de los 600 dólares mensuales, en la fábrica Ying Ao habían tenido que llegar a pagar hasta el doble, debido a las difíciles condiciones de trabajo y los muchos inconvenientes y riesgos de la producción. Pero no se lo pensaron dos veces: hace cuatro años empezaron a invertir en máquinas que pudieran sustituir el trabajo que hacían los carísimos humanos. Hoy, después de haber gastado 3 millones de dólares, nueve robots hacen el trabajo que antes hacían unos 140 trabajadores a tiempo completo. Y es más: el director de la fábrica, el Sr. Chen, afirma que los robots no sólo son más baratos, sino que también hacen un trabajo de mayor calidad y que se equivocan mucho  menos. No ve el momento de continuar reemplazando tantas personas como pueda, hasta que no quede ni una. Quizá ni él. Porque China está a punto de convertirse, también, en el mayor operador mundial de robots industriales, superando a Japón, Corea, o Alemania, el líder mundial hasta ahora en la industria robótica. Algunos dicen que el aumento de los salarios tiene un lado positivo muy importante: impulsará el cambio tecnológico que hará posible la transformación del modelo competitivo de China.

En todo caso, el debate tiene una notable profundidad. Si el modelo de Estado del Bienestar se ha basado hasta ahora en la organización productiva de la Revolución Industrial (es decir, en dos factores de producción, el capital y el trabajo), ¿que pasa ahora si la industria queda reducida a un conjunto de grandes centros productivos donde prácticamente no hay personas trabajando, y que representan una parte cada vez menor de una economía cada vez más basada en la tecnología y el conocimiento? Es decir: la propuesta de la Unión Europea ¿es muy innovadora y visionaria, o un intento desesperado de parar un proceso imparable? Naturalmente, quien debería temer más por estos cambios, por ahora, son los trabajadores menos cualificados (es normal que los robots “aprendan” primero las tareas más sencillas y repetitivas), pero el debate irá subiendo progresivamente en la escala de la cualificación profesional, sin duda.

Lo curioso es que la Unión Europea reaccione planteando una normativa para regular las “personas electrónicas” (¿eso no es un oxímoron?), argumentando que las empresas deben declarar el ahorro en contribuciones a la Seguridad Social que consiguen sustituyendo personas por robots. Es natural, aunque irónico, que se nos haya ocurrido pensar que la riqueza generada por el cambio tecnológico debe aplicarse al bienestar de las personas justo cuando los robots empiezan a tener apariencia humana (¿no hay robots en la producción industrial desde hace tiempo?). En fin, bien está lo que bien acaba. Si acaba bien.

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