Por Joan Miquel Piqué @jmpique

El Quid pro Quo tiene mala prensa. Hoy por ti mañana por mi, si tu me ayudas yo te ayudo. Está en nuestra condición humana, dicen los especialistas en comunicación y psicología que cuando alguien nos ayuda, nos sentimos automáticamente, inconscientemente e irremediablemente en deuda, y que no descansamos hasta que devolvemos el favor.

Pero que es esto, hacer favores para que te los devuelvan. Donde se ha visto, qué vergüenza, deberíamos actuar exclusivamente motivados por nuestro natural instinto altruista, solidario, de ayuda al prójimo y de buena fe. Pero un empujoncito siempre viene bien para hacernos levantar y echar a andar.

En tiempos de economía circular, de famosos ejemplos de economía colaborativa que todos ensalzamos como revolucionarios y dibujadores del futuro, nos olvidamos, cegados por la austeridad, de recurrir al quid pro quo más efectivo. Durante un reciente viaje, me comentaban en Varsovia que cualquiera que done regularmente una cierta cantidad de sangre (unos cuantos litros, no se consigue en 6 meses…) puede viajar gratis y sin límite en el transporte público. ¿Sencillo, no? Pero enormemente efectivo. Como cuando “estimulamos” hace pocos años la eficiencia en el consumo de bolsas de plástico en los supermercados mediante un simbólico precio (¿a alguien le importan un par de céntimos en la cuenta, cuando seguramente estamos pagando más de 30 euros cada vez que hacemos la compra?), y la demanda se ha reducido en más de un 90% (!). Como en aquellos países civilizados en que directamente puedes cambiar envases vacíos en una máquina por dinero en efectivo o vales de compra (¿una máquina que da dinero, y no es un cajero? ¿estamos locos?).

Las empresas tienen muy claro que la fidelización da dinero y es buena para el modelo de negocio (¿quieres “fusionarte” y tendrás mejor servicio a menor precio?), pero ¿y el sector público? Vamos a dejar de lado la demagogia de los debates interminablemente inútiles, como el copago sanitario y las penalizaciones de servicio para comportamientos de riesgo (fumadores que pagan más por ir al médico). Vamos a pagar por portarse bien, y seguro que ahorramos un montón de dinero público (o aumentamos el beneficio, como quieran). Las empresas, como decíamos, ya lo han aprendido hace tiempo. Y parece que los psicólogos también lo tienen claro, cuando nos repiten que a un niño debemos premiarle cuando lo hacen bien, en lugar de castigarlo cuando lo hace mal.

Ya sabemos todos que es nuestro deber cumplir con nuestras obligaciones y asumir nuestras responsabilidades individuales y colectivas. Pero abandonemos el palo y compremos algunos kilos de zanahorias. Seguro que nuestra salud económica y social nos lo agradece muchísimo.

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