Por Stela Zarija @stelitz1

¿Os suena el concepto de inteligencia artificial (IA)? Es un término del que se está hablando cada vez más y está aquí para quedarse. A pesar del revuelo generado a su alrededor, no es un concepto nuevo. Hace más de 50 años que se empezó a investigar y, aunque parezca digno de ciencia ficción, no lo es. Todo lo contrario, es más y más real. Vayamos por partes.

En primer lugar, situémonos: ¿qué es la inteligencia artificial? Definiciones hay muchas y encontradas. Quizá la más inteligible es: “simulación de la inteligencia y los procesos cognitivos humanos, efectuada por máquinas o sistemas informáticos”. Los procesos cognitivos incluyen tres partes: aprendizaje (adquisición de la información y las reglas para su uso), razonamiento (uso de las reglas para llegar a conclusiones) y autocorrección.

Aclarado esto, surge una pregunta: ¿y por qué está tan de moda la inteligencia artificial? Como casi todo en tecnología, si lo último viene de EEUU, se convierte en tendencia. Y este es un ejemplo claro. De hecho, la IA se ha convertido en la nueva obsesión de Sillicon Valley. Las startups de este sector son las que más financiación reciben, después de las “empresas unicornio”. Grandes empresas de capital riesgo invierten en IA porque la ven como la siguiente revolución tecnológica y quieren ser parte de “the next big thing”. Incluso visionarios como Elon Musk se cuenta entre sus impulsores (aunque también nos advierte sobre los peligros de que se nos escape de las manos). En su caso, y el de muchos otros emprendedores, con el objetivo de aprovechar los avances en inteligencia artificial para sus proyectos.

Ya hay cientos de empresas que investigan y trabajan para aportar soluciones al procesamiento de big data, sobre el que se basa la IA. Sin embargo, hay un peligro: el florecimiento de tantas startups se puede convertir en una burbuja que acabará explotando. Especialmente, si tenemos en cuenta que gigantes como IBM y Google están muy avanzados en sus esfuerzos por ser los primeros en aportar soluciones reales con la ayuda de la IA.

IBM, por ejemplo, está trabajando con Watson, que ellos mismos definen como una tecnología cognitiva que procesa la información más como un ser humano que como un ordenador: entiende el lenguaje natural, genera hipótesis basadas en pruebas y aprende sobre la marcha. Para demostrar sus avances, IBM presentó a Watson como participante en el concurso Jeopardy, para que concursara contra un humano. Watson ganó.

Google, por su parte, tiene una infraestructura gigante que posibilita su investigación sobre IA en el marco de Google X, un laboratorio semisecreto, que desarrolla los vehículos sin conductor de Google o las Google Glass, entre muchos otros proyectos. Además de contar con especialistas de primer nivel, como Ray Kurzweil, uno de los mejores expertos en IA. Ahora es director de ingeniería de Google. Por tanto, las pequeñas empresas especializadas en este campo se enfrentan a duros competidores. Competidores que las pueden acabar comprando. Un claro ejemplo son Dark Blue Labs y Vision Factory, dos startups británicas, derivadas de Oxford, que se incorporaron al equipo de investigación de Google DeepMind.

Microsoft ha sorprendido hace poco con el lanzamiento de un servicio (en fase de prueba) dentro de Skype: Skype Translator. La empresa ha invertido en reconocimiento de voz, traducción automática y tecnología machine learning durante más de una década.

Las aplicaciones que puede tener la IA son infinitas. Las más conocidas, porque ya las estamos utilizando, incluyen los sistemas de reconocimiento de voz y visión artificial (procesamiento de imágenes) o Internet de las cosas (Internet of Things), una realidad en la cual los objetos cotidianos están conectados a internet. Pero hay otras que están en pleno uso en sectores como la investigación en el campo de la salud, aportando mejores diagnósticos y sugerencias de tratamientos, gracias al procesamiento de grandes cantidades de datos. También en la banca o en las empresas de seguros.

¿En qué fase de desarrollo de la IA estamos ahora? Se le denomina IA débil y es aplicable a campos muy concretos (reconocimiento de voz, por ejemplo). La siguiente etapa, sobre la que se trabaja actualmente, es la IA fuerte. Es igual a la inteligencia humana o, incluso, más desarrollada. Eso da que pensar, y mucho. ¿Esta inteligencia artificial nos va a beneficiar o nos va a perjudicar? ¿Estamos preparados para una inteligencia superior a la humana? Ya lo decía Alan Turing, en Computing machinery and intelligence: “Creo que al final del siglo, el uso de las palabras y la opinión educada en general serán alteradas tanto que uno será capaz de hablar de máquinas pensantes sin esperar ser contradicho”. Un visionario.

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